El Evangelio de San Marcos capítulo 7, cuenta la historia de la curación de un sordomudo. Dice la Biblia que Jesús, “apartó al sordomudo de la gente y a solas con él, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Luego levantando los ojos al cielo le dijo ‘Effatá’ que significa ‘ábrete’ y, al momento, se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua, y comenzó a hablar correctamente”.
Nuestro mundo está lleno de sordos y mudos. Sordos del corazón y de las manos. Gente que oye pero que no escucha. Que posee un blindaje total hacia la opinión ajena. Personas impermeables, cerradas a sus viejas y anacrónicas ideas. Muchos de ellos son radicales, fanáticos que creen que poseen la verdad completa, con un ego tan grande que consideran que su palabra es: “palabra de Dios” y nadie puede opinar, peor aún discutir o confrontar sus ideas porque, de inmediato, viene la descalificación, la agresión y el insulto… esto ocurre no solamente en la religión, en la política o en el deporte, sino en la vida cuotidiana.
Estamos hartos de estos sordos desequilibrados.
El grito de Jesús resuena otra vez:
-¡Ábrete!
El mundo cambia vertiginosamente y lo que dio resultado ayer, hoy resulta caduco. Ábrete, controla tu ego, modernízate, aprende de los demás, escúchalos.
Y la curación que ofrece Jesús es integral. El hombre no sólo dejó de ser sordo, sino que comenzó a: “hablar correctamente” -afirma la Biblia. Seguramente sus primeras palabras fueron de agradecimiento y cariño hacia aquel Carpintero que le devolvió la salud.
Que también nosotros aprendamos a hablar correctamente, que emitamos palabras bonitas, de agradecimiento y de amor. Que podamos utilizar nuestra lengua para decir “te amo”; “te extraño”; “gracias por existir”. Las palabras bien dichas pueden devolver a la gente la esperanza, la fe, la autoestima. Cuidemos lo que decimos, la palabra resucita a la gente -como lo hizo Jesús con Lázaro-, o puede matar. Siempre será un arma de doble filo.
Le invito a escuchar y hablar con inteligencia espiritual. Escuche también a Dios. Él habla a través de la naturaleza, de los pajarillos, de las plantas, y sobre todo a través del ser humano; especialmente de los pobres, de los humillados, de los enfermos y de los niños.
¡Escúchelo! Abra su corazón y también usted podrá curarse para siempre.